Casi héroes

Mes: abril, 2015

Persiguiendo a Michel Poiccard

“Actuar es hacer carne las palabras”

Peter O´Toole

¿Qué marca de cigarrillos fumaba Jean-Paul Belmondo?

Imagina que, como el actor francés en Al final de la escapada, eres un figurante de cine a la fuga en un coche robado y un gran admirador de Humphrey Bogart. Te has cargado a un poli y vas rumbo a París (con una serenidad pasmosa, a la altura de hacerlo cada domingo como quien se ata los zapatos). Y en la capital francesa buscas a esa jovencita americana de pelo corto que vende a gritos ejemplares por los Campos Elíseos: ¡New York Herald Tribune! ¡New York Herald Tribune! Das unas caladas al cigarro, ladeas tu sombrero, te arrastras el pulgar sobre la línea de tus labios… Lo normal es que terminen persiguiéndote. Y así entonces se suceden los hechos uno detrás de otro con una delicadeza que te dejaría pensando que no puede ocurrir nada malo.

Y ahí está el problema, que a veces bailas para allá mientras la música se escapa hacia otro lado.

Durante unos años terminé en el rodaje de algún anuncio haciendo de figurante. Una entre más de cien de personas, todas iguales para hacer bulto en pantalla. Cobrar unos chelines y a casa. No demasiado bien pagado, tampoco nada que exija mucho. Doce horas de pie siguiendo a un grupo, tres cafés y a casa.

Como mi tía es directora de castings de publicidad, durante aún más años, mi hermano, amigos y yo nos dejábamos caer por ver si sonaba la flauta en algunas de las pruebas. Nada que ver con figurantes, si te hacías destacar sobre los demás allí ibas a parar al primer puesto y por trabajar dos días cobrabas más que de becario medio año. Nada, imposible. Jamás nos elegían a ninguno. Como Joey en Friends, probando una y otra vez delante de la cámara la sopa de tomate fallando con el babero atado. Cientos de castings y ni medio chelín.

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El porno es malo

“Menos el suicidio, lo he probado todo”.

Habla memoria, Nabokov.

Son las 2 de la mañana de un miércoles. Paulo Leminski trabajaba todas las noches hasta las 5 con una botella de vino blanco. Después dormía. Y mientras dormía decía trabajar, como los poetas surrealistas que colgaban el cartel en la puerta que dictaba: “Silencio, el poeta está trabajando”. En dos biografías diferentes que encuentro en la biblioteca sobre el poeta brasileño dice en las primeras páginas: “Nació, como Borges, un 24 de agosto”. Según una se mató de cirrosis y la otra dice que murió de cirrosis.

En 14 días vuelo a Río de Janeiro y llevaré en la maleta una libreta con una nota en una de sus páginas que diga lo que quiero hacer. Como cuando me recuerdo por alarmas casi todo de mí mismo. Y a Río no le hace falta porque allí hay que hacerlo todo, pero uno nunca sabe.

Ayer Brasilia cumplía 55 años y el parque de la ciudad se inundó de gente. Supongo que esas ganas de celebrar se disuelven con los años. Como una chica que cumplió hace un mes 21 y me confesaba que se le escapa el por qué pero siempre llora en sus cumpleaños. Imagina toda una ciudad llorando.

Yo últimamente me muevo de luto porque mis compañeros de piso me han pedido que cocine sin aceite, que asfixio el apartamento. Intenté explicarles que sin aceite no sé hacerme ni la fruta, y que qué carajos hago sin comer patatas fritas. Al horno, todo al horno…, pero no es lo mismo, claro, es robarle la esencia al asunto, como si al echar un polvo te advirtiesen de que no arrugues las sábanas. Y los cabrones le restaban importancia, hablando de las patatas como Miles Davis de su obra: “It´s just music, man”. Así ando, trastocado, que he aguantado una semana pero al hacer la compra el lunes me cargué con litros y litros del aceite más barato, cuatro kilos de patatas y dos de cebolla. Mañana en cuanto despierte me atrinchero en la cocina y vuelvo a dar sentido al mundo.

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Envío urgente

“Perder el tiempo comporta ya una estética”.

Libro del desasosiego, Fernando Pessoa

No es tan raro como suena que a uno le pegue el romanticismo y se ponga a mandar cartas. Nos ha pasado a todos. Lo que ocurre es que hasta ahora las llevaba yo en la mano, y desde Brasil resulta más complicado. Así que pensaba dejar el tema por el momento, y todo bien, hasta que hace mes y medio me dio por felicitar a la antigua usanza un cumpleaños.

Hará menos de un año que un amigo, en una fiesta en una casa de Boadilla, se acercó a un par de muchachas con la sonrisa puesta y terminó rodeando a una con el brazo. Hablaron de esto y de lo otro, y al despedirse sin un beso decidieron darse al menos un número de contacto. Mi amigo carraspeó dos veces, echó la mirada a un lado y subiéndose las mangas por encima de los codos dijo que mejor que no, que le diese ella a él su dirección, solo la dirección, que quería ir poco a poco, muy despacio. Ella, sonrojada, dio al muchacho lo que buscaba y se marchó. En menos de 24 horas estábamos con resaca en la oficina de Correos mandando un sobre blanco a una dirección que mi amigo ya no recordaba. Llamamos al chico de la fiesta, a sus amigos, a amigos de amigos…, y bueno, al final la consiguió y para allá que fue la carta. En ella iba escrito el número de móvil de mi amigo y un mensaje que decía algo así como “Háblame por WhatsApp”, para tomarse las cosas con calma. Pasaron las semanas y no llegaba la respuesta. Ni a su móvil, ni al buzón, nada. Tardaríamos un tiempo en enterarnos de que la chica no había reaccionado como todos esperábamos. En cuanto vio la carta se agobió. Muy precipitado todo, sí. Lo que no entendimos nunca es, si le agobió la carta, cuando dio su dirección ¿qué carajos esperaba?

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¿Víste mi botella?

“—¡Bésame! –dijo.

—Claro –dije–. Tomemos un trago antes”.

Pregúntale al polvo, John Fante

Despierto en el suelo del pasillo del hostal con la camisa de Ralph Lauren abotonada hasta el cuello y en calzoncillos, la cara pegajosa por pintalabios rojo que tengo hasta en los tobillos y un temblor en la cabeza que me dice que las paredes se tambalean. A mi lado duermen dos a pierna suelta, en una de las habitaciones un amigo está desmayado perpendicular a la cama con el cuello en la pared y las piernas colgando en una postura imposible y otro tirado a sus pies. En la terraza tres de las chicas fuman y ríen sosteniendo los cigarros con los dedos manchados en pintalabios delatándolas y abajo algunos ya beben (o todavía beben) cervezas. Al mirar el móvil guardado en la taquilla descubro en la cartera el recibo de un pago con tarjeta de 200 chelines emitido a las 4 de la mañana en Liquid, una discoteca de Goiania. 200 chelines solo en chupitos de tequila. Lo extraño es que yo creía no tener ni un duro en la cuenta y al buscar pistas terminamos descubriendo entre risas el nombre de otro en la factura. Mientras volaba el tequila un amigo colombiano pedía una botella de vodka y los camareros la trajeron entre mechas encendidas para dar fuerza al asunto, y así corría él por el garito dando saltos de alegría susurrándonos a todos:

—¿Víste mi botella?, la trajeron con fuego.

Dos días después descubriríamos en un diario local que mientras bailábamos en esa sala del Sector Marista de la ciudad, pasándonos hielos unos a otros de boca en boca como si hubiésemos venido todos a salvar el mundo, en la puerta un hombre se liaba a tiros con un policía fuera de servicio. “Deje aquí los hielos”, dijimos al camarero, remangándonos faldas y camisas como los caballeros de los que habla James Salter en Quemar los días, “de esos que pasean por la playa en ropa veraniega después de un naufragio, bromeando sobre los botes salvavidas volcados”.

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Nadie puede comerse 50

Hay una escena en la película de Joseph L. Mankiewicz, La condesa descalza, en la que Ava Gardner y Humphrey Bogart se deleitan escuchando en el casino la mejor frase de la cinta en boca de una de las actrices secundarias, sin ser ellos por un momento, más allá del contenido, protagonistas:

-Lo que ella tiene, no podrías ni deletrearlo, y lo que tú tienes, solías tenerlo.

No sé el nombre de la actriz y eso es lo que más me gusta. Gardner y Bogart ya dijeron lo suyo, bueno, les bastaba con estar, pero cuando el golpe de ensueño lo pega quien menos imaginas es cuando se convierte en algo de verdad sabroso. A quién coño le interesa a estas alturas ver a Cristiano rematando con la espuela, a Messi regateando a 30 hombres como si bordara en punto de cruz… ¡al carajo! Yo lo que quiero es que el canterano que debuta y no conoce ni su puta madre, con el labio tembloroso y la camisa tan holgada como le quedaba a Aimar, salte al terreno de juego a falta de tres minutos y casi que sin quererlo se le escape una chilena de las de patio de colegio para enmudecer la grada. Que sea algo tan inesperado y hermoso que ni el público pueda corear su nombre porque ni dios se lo sepa. Tan romántico y grandioso que hasta el propio muchacho se vaya a la esquina a celebrarlo preguntando a sus compañeros en delicados susurros quién diablos ha marcado el gol. Como un chaval al que he conocido aquí en Brasilia; me han contado que hace no mucho bebió como si el mundo no acabara y en un ataque impulsivo de embriaguez se rajó la camisa de arriba abajo, en un gesto elegante y pasional, y a los cinco segundos se levantó perplejo mirando el estropicio y gritó indignado: ¡¿PERO QUÉ OSTIAS HA PASADO CON LA CAMISA?!

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Brasil ya fue

“It´s only life

But I like it

Let´s go

Baby

Let´s go

This is life

It is not

Rock and roll”.

Paulo Leminski.

Todo el avión está a oscuras y no puedo dormir. Dentro de una hora aterrizaremos en Salvador de Bahía. Las butacas tintinean con ternura y por la ventanilla vi fundirse la última luz de Brasilia hace un buen rato. Nueve de la noche a diez mil metros de altura. Y desde aquí se ve todo más claro. Brasil ya fue, o eso parece.

Después del sándwich de mozzarella y la Pepsi que me ha dado la azafata de ojos verdes y pechos apretados he leído un rato Dinero, de Martin Amis, y John Self tampoco puede dormir. He parado porque mi cabeza no dejaba de dar vueltas a un asunto, pensaba en los domingos, por poner uno en el del 22 de Marzo. También pensaba en el accidente de avión en los Alpes franceses, en el copiloto, en la muerte, en las muertes. En la frase de George Orwell en Cómo matar a un elefante: “Por cierto, que nadie me diga jamás que los muertos tienen una expresión apacible”. Pensaba en si esto se estrellase. Pensaba en lo que me contó un amigo de un vuelo que cogió a Ginebra hace dos años. Compró en el Duty Free de Barajas una botella de 1 litro de vodka y tres horas más tarde, en Suiza, lo sacaban inconsciente del avión en ambulancia rumbo al hospital con un coma etílico de campeonato. Pensaba en que nunca he follado en un avión. En que una querida compi de clase me contó una vez que en un vuelo hacia España descubrió sentado a solo un par de filas de ella a un chico de su barrio por el que alguna vez había sentido algo. Y entonces le miraba fijamente llevando el gesto de su cara hacia la puerta de los baños, esperando a que el muchacho se enterase del mensaje y fuesen juntos a follarse en el lavabo.  Pensaba en que algún día coincida yo en un avión con ella, y así descubrir cómo me mira señalando el final del pasillo mientras se muerde con delicadeza el labio.

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Atraco en la ciudad

 “¡Cuidado! ¡Tiene un cuchillo!”

El extranjero, Albert Camus

El taxi esquiva con torpeza los pocos coches que aún circulan. La autopista bordea el lago encendido por la luna y el taxímetro sigue contando. 50 reales, por ahora. Y hacemos que siga contando cuando paramos en un supermercado 24 horas para comprar tabaco y dos botellas de vodka. 45 reales. 15 euros. Chelines…, lo que sea.

Son las 4 a.m. y hemos sido los últimos en salir de la finca donde el cónsul de Perú en Brasilia celebraba no tengo claro qué cosa, pero seríamos lo menos 70 personas comiendo seviche y bebiendo desde las cinco de la tarde. Era la primera vez que probaba el seviche, un pescado crudo marinado en zumo de limón y picado con cebolla. Excelente si no fuese porque al tercer bocado me he llevado por delante una guindilla y casi me cuesta el tipo.

El taxista nos deja a no mucho de un McDonald´s, en una zona comercial plantada en una calle desierta a la que solo dan vida prostitutas, un par de vagabundos y los trabajadores de una tienda de bebidas. Brasilia se expande como una inmensa maqueta, con todas las calles iguales dividiéndose en comercios y viviendas, con los bloques de edificios separados como en función de un protocolo de respeto. Nos sentamos en un bordillo a beber y dos de los vagabundos se nos unen, uno de ellos, colombiano, sonríe cuando dice que le gusta Extremoduro.

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¿Dónde coño estás?

“Come de pie (…), eructa, límpiate los dientes con un palillo, ladéate el sombrero, anda vacilante, resbala, tambaléate, silba, levántate la tapa de los sesos”.

 Henry Miller, Sexus

Cuando Jack Kerouac llegó a París encendió un cigarrillo que solo apagaría días más tarde, y al salir de la ciudad con la que soñaba Europa se remangó la camisa con gesto firme y dijo: “París me ha rechazado”.

Así son las ciudades, tan caprichosas. Por eso muchas veces nos agarramos a una como si el mundo temblara, esperando con los dientes apretados por si acaso. Lo que ocurre es que cuando amaina el temporal o bien empeora (lo que sea), nos lanzamos mar adentro viento en popa seducidos por la intriga y la emoción de ver qué pasa. Pero marcharse suele ser lo más sencillo, echando un palo al hombro y un sombrero a la cabeza, ladeado. Lo complicado es que al llegar (si es que se llega) se sienta uno como en casa, con el sofá reclinado y los pies con calcetines reposando sobre el barniz de la mesa, con el ruido y los tambores, con los cojines mojados…, según lo que uno llame casa o lo que vaya buscando.

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