Casi héroes

Mes: mayo, 2015

Por simpática

“Estoy feliz de saber que estás feliz”.

Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, Roy Andersson.

La otra noche hablábamos un amigo y yo con una amiga, explicándole a conciencia que si algún día nos viésemos obligados a dormir con ella (aún no sé en qué circunstancias), nos quitaríamos los pantalones vaqueros, por supuesto, también los zapatos, el cinturón, a poder ser los calzoncillos por cuestión de cortesía y hasta el último botón de la camisa. Pero no los calcetines, nunca los calcetines, y así nos aseguraríamos de que en esa cama se conservase hasta el último atisbo de decencia.

Vuelvo a Río de Janeiro. Voy con un amigo de Madrid al que tengo que ir a recoger al aeropuerto internacional media hora después de llegar yo. En Brasilia he comido una doble cheese burguer con patatas fritas y salsa de mostaza antes de embarcar, y ahora escribo esto sobre una copia impresa de una obra del dramaturgo brasileño Nelson Rodrigues, Toda nudez será castigada. La presento con tres compañeros la semana que viene y apenas he tenido tiempo de leer el principio. Escribo en la portada, y en la contra marco en grande Hugo para recibirle en la zona de llegadas.

He vuelto a ver algo de porno últimamente. Sospecho que sin demasiada intención, solo por cubrir rutina.

Ya veo Río desde la ventanilla. Entramos planeando entre el Cristo y el Pan de Azúcar al aeropuerto Saint Dumont colocado en pleno centro con la pista de aterrizaje flotando sobre la bahía.

El autobús avanza a trompicones por el paseo marítimo de Botafogo, cae la noche en la ciudad y todas las calles están atascadas. Se oye la sirena de un camión de bomberos, el rugir de las hélices de un helicóptero que sobrevuela a oscuras el cielo, la chapa metálica de una tienda que cierra chocando contra el suelo, el claxon de una moto que conduce un tipo de casco negro al que el ámbar de un semáforo pilla distraído.

Nos bajamos al final de la Avda. Atlántica, toda la playa de Copacabana está iluminada. Cenamos un plato de carne de costillas con patatas fritas y queso fundido bañado en salsa barbacoa. Bebemos seis cervezas y dormimos en el hostal que se encuentra en la falda de una montaña atravesada por el túnel de la calle Pompeia. En la cima una favela, a la derecha Ipanema, delante el mar haciendo un ruido tan sutil y delicado cuando choca con la orilla que así cualquiera se duerme sin pestañear si quiera.

Desayunamos un batido de leche con fresas y azúcar. El autobús 433 nos lleva a Lapa, a las escaleras que dio vida a golpe de teselas Jorge Selarón, a los arcos por los que antiguamente cruzaba el tranvía amarillo que sube a Santa Teresa. Otro autobús nos lleva hasta la cima del barrio de artistas y un cartel indica todo recto el camino al Cristo Redentor. Seguimos caminando y con el hombro rozando la selva llegamos a un mirador donde nos tiramos a esperar que alguna nube nos envuelva. Al Cristo subiremos dos días más tarde.

Hace no mucho dejaba Luis Landero una frase en uno de sus artículos en El País que decía: “En cuestión de ideas, soy nómada”. Es lo más parecido que he leído últimamente a una definición de Ideología.

A unos metros del Cristo Redentor cientos de personas se tiran selfies como locas haciendo gestos con gancho. De noche, a pie de acera en la ciudad, si uno mira para el cielo desde abajo lo ve siempre iluminado, haciendo frente a la luna. Pienso que si a mí me hubiesen hablado de dios y al sacar la cabeza por la ventana buscando una aclaración hubiese topado con esa figura en lo alto abriendo los brazos en cruz, qué ostias, sospecho que hasta le hubiera tirado un par de rezos como quien no quiere la cosa. Por si acaso. En Madrid, si miraba para arriba por ver si aclaraba algo, lo más que uno se encontraba era la bombilla parpadeante de una farola haciendo esquina, y a mí, un muchacho con los calcetines cubriendo las pantorrillas, se me antojaba aquello de una divinidad más bien confusa. Lo malo de lo divino es que a uno le cuesta encontrar sus ventajas tangibles (y no tangibles, así de paso). Y eso que de ciencia no sé mucho, pero como la frase de Woody Allen en Desmontando a Harry: “Entre el aire acondicionado y el papa prefiero el aire acondicionado”.

Comemos un muslo de pollo con arroz y frijoles en una terraza de Lapa, y una señora embarazada se acerca a nuestra mesa, me mira sonriente y mete la mano en mi plato para llevarse sin titubear medio muslo. Se frota la barriga haciéndome entender que va para el crío y sin más dilaciones se despide satisfecha. Aun así cuando termino con el plato me echo para atrás en la silla y me coloco un palillo de madera entre los dientes.

Al día siguiente el centro y Maracaná, y por la noche volvemos a Lapa. Bebemos caipiriñas en un puesto callejero que las vende por tres chelines, tomamos las justas para entrar tambaleándonos a un garito cuya cola una hora antes doblaba la esquina. Ahora pasamos al momento, y nada más hacerlo empieza a sonar una canción de los Backstreet Boys. Cinco muchachos salen al escenario imitando al grupo de los 90 y se pegan un baile que hasta a nosotros se nos escapa algún gemido. En la terraza del garito conozco a una mujer que roza los 40. Hablo portugués con ella como si con lo bebido me hubiese inyectado dosis del idioma en vena. No muy agraciada, algo rellena, pero de una simpatía escandalosa. Tanto es así que (…)

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Sobredosis de belleza

“La suprema finalidad, señores, es no hacer nada en absoluto”.

Memorias del subsuelo, Dostoievski.

Para un jugador básico, amateur, de la vida, hay tres formas de morir: de espaldas, de frente, y como Antoñito el Camborio, que se murió de perfil. Por eso te preocupas tanto de andar siempre ofreciendo tu lado bueno, en pose de por si acaso. Como si en cualquier momento pudiesen salir de la nada dos tipos con gabardina y sombrero y sorprenderte comprando naranjas para acribillarte a tiros. Y así que no te pille de imprevisto, rendirte al suelo en un gesto matemático cayendo con la suavidad de un cisne, desangrado, y terminar acurrucado con una mejilla en el asfalto dejando para los flashes tu mejor lado.

Porque hay quien se acicala hasta para despedirse. Ya no queda quien te agarre del hombro agonizante y te susurre: “Te corto las pelotas como vengas a mi entierro”. ¿Dónde está el romanticismo?  La gente ya no muere en plan discreto, casi nunca lo hizo, en silencio, como ocultando a los demás su plan secreto. Resulta todo tan masticado, con esa parafernalia casi folclórica de como si hubiera que demostrarle nada al muerto, confiando en que se espabile unos segundos para ver las flores y se le sonrojen las mejillas pálidas al dar las gracias por tanta belleza antes de salir de nuevo. A no hacer nada. A quién le importan las flores si no se va a morir en una peli de los Coen.

Pero, en fin, siempre dejamos muy poco margen a lo espontáneo. Por ejemplo, ya apenas quedan desmayos. Eso sí se ha ido perdiendo con los años, y es una lástima. Una de esas cosas simples que le alegran a uno el día, como para Iñaki Uriarte tomar el sol: “Otro acto mínimo que casi no es ni acto, de los que a mí me gustan”. Mi abuela me contó un día que, no recuerdo si ella o su hermana, de joven, se desmayaba un par de veces al día, como quien se cepilla los dientes, a la mínima, en un gesto sencillo desplomándose con firmeza y elegancia ante el asombro del resto.

Desmayarse debería ser algo más sincero, una respuesta contundente, un inciso en un momento eléctrico que dijese en forma de cuerpo desplomado lo mucho que te importa lo que poyas te estén contando. Mi hermano pequeño está grabando un disco con su grupo, tres amigos hechos al eco de los Rolling con sus chaquetas de Beatles, pose de Jimmy Stark y el papel de John Margaro. El otro día grababan uno de sus temas estrella, y en un segundo de concentración en el que la belleza del momento se enredaba con la lírica de la canción, el cantante, sujetándose los pelos por una cinta en la cabeza y con un cigarro en cada oreja, se desmayó cayendo estrepitosamente al suelo, superado por la situación.

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Seducir Madrid

“Visten jerséis negros, vaqueros y sandalias de esparto, beben vino tinto y fuman Gauloises, citan a Camus y García Lorca, escuchan jazz progresivo”.

Juventud, J. M. Coetzee

Supongo que lo mejor que puede hacer uno un domingo sin dormirse es escribir sobre lo primero que le venga a la cabeza. Sobre que debería ir pensando en afeitarme, por ejemplo. No tengo mucho que decir sobre boxeo.

No estoy nervioso, ni siquiera se me ocurre algún motivo para estarlo y aun así no hay quién se duerma.

No consigo entender por qué carajos pago más por una habitación que tiene en la pared una televisión de plasma que se ve mal. Si no la uso. Llévensela. Sentado en una parada de autobús haciendo tiempo me acuerdo de cuando leí Saliendo de la estación de Atocha, de Ben Lerner, y de cómo sería ser extranjero en Madrid en vez de aquí. Llegar nuevo a la ciudad y no marcharse. Seducirla. Me acuerdo del protagonista, de Adam, sentado en el tejado vigilando Huertas.

Era algo así, creo:

Mirar un cuadro fijamente durante horas. Fumar un porro de hachís, mirar un cuadro durante horas. Pensar en un guardia de El Museo del Prado como guardia, como duda. Cafeína. Caminar por el Retiro al paso de dealers que visten de día y de noche; visitar galerías donde conozcan o no tu nombre; leer en un banco poesía y traducirla a tu manera; escribir poesía, ser poeta. García Lorca, café, cafeína. Ir a galerías y a exposiciones donde amigos y desconocidos exponen, donde un cuadro se oculta bajo una sábana por luto y se vende, si es que un cuadro se vende. Dar vueltas. Subir y bajar de un tejado. Entrar y salir como si no hubiese otra forma. Verte a ti mismo huyendo, o dudando de si huyes, si te esquivas. Verte a ti mismo huyendo, Saliendo de la estación de Atocha.

Conocerlas a ella y a ella, mentirla a ella, mentirla a ella, embriagarte una noche en un bar cuando estás solo y embriagarte más si conoces gente, y seguirla a ella; desearla a ella. Mentirla a ella. Quererla a ella. Pastillas blancas, amarillas. Huir a Madrid, huir de Madrid. Huir a Granada, huir a Barcelona, volver a Madrid. Vino, cigarros; amor con pastillas. Andar por Granada, beber en Granada, fumar en Granada, recorrer Granada…, Granada sin la Alhambra. Volver a Madrid. Cafeína. Entrar en Madrid,Saliendo de la estación de Atocha.

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