Casi héroes

Mes: junio, 2015

Insomnio

the-humbling-al-pacino-desire-magazine-04 (2)

“Esto de levantarse pronto, pensó, le hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir”.

La metamorfosis, Franz Kafka

Ya no consigo dormir bien. Y yo era de aquellos que se echan a la espalda unas doce horas seguidas. Sin pestañear, literalmente. Pensarán, supongo, que se debe a que por razones laborales ahora madrugo. Ni mucho menos, sigo de universitario y con horario nocturno. ¿Por la luz del sol entonces? Ni por asomo, antes no me suponía ni un mal sueño. Lo que ocurre desconozco a qué se debe. Solo sé que ahora me duermo y a las siete horas tengo los ojos abiertos de par en par y acudo al baño a mirarme con tristeza las ojeras mientras maldigo en hebreo. Como me descuide hay días que no paso de las cinco horas de sueño. Y eso ya es más jodido, porque entonces me miro la punta de los pies y me pregunto qué coño voy a hacer con tanto día.

Ya no consigo ni superar las dos horas en las siestas. Esto vuelve loco a cualquiera; me meto en la cama tembloroso, con miedo a dormirme por despertarme antes de tiempo. Antes era un de esas personas que encontraba la felicidad entre las plumas de su almohada, ahora solo un desgraciado que lucha por no perder la cabeza, y cuando alguien me propone hacer algo a horas insospechadas ya no puedo no responder por el placer de estar durmiendo; no tengo más remedio que resignarme y contestar lo mismo que le escribí ayer a un amigo: “Ahora no puedo, estoy viendo una peli de espías”.

Me sobran horas. “Estudia, trabaja, haz algo”. No, no, no. No me sobran horas productivas, con esas ya hago lo que puedo. Me sobran horas de esas que se balancean en la mañana con el erotismo de una pole dancer en apuros. No sé qué hacer entre las 7 y las 14hs. Yo no rindo a esas horas. Leo de noche, escribo de noche, veo películas de noche y mis relaciones sociales comienzan después de la siesta. Imagina ponerte alguna de Sam Peckinpah a las 10h de la mañana…, no es lo mismo. Un drama. Voy perdiendo los estribos, tanto que buscando soluciones en los párrafos de algún artículo leí de un autor que lo primero que hacía al despertarse era leer poemas. Y probé con eso. Buscando en la soledad cierto remedio. Y bueno, me sobran tantas horas al salir el sol que hasta he terminado un poemario. Ya sabía yo que la cosa iba a acabar mal, que yo no valgo para cualquier hora del día. Ahora me escribe por Whatsapp la chica que me gusta y me engancho a la grabación de voz recitándole un poema. ¿Se entiende ahora el drama? Pobre muchacha… Hasta a la literatura hay que respetarle unos horarios, valga de ejemplo Harry Crosby. El poeta se encerró largos días y largas noches en una habitación a solas con libros y su chica y no mucho después terminó pactando su propio asesinato con su amada.

No, no y no. Lo de la poesía tan temprano no me lleva a nada bueno. La poesía es para la noche, lo tengo claro. Lo decidí drásticamente cuando el otro día me desperté antes de tiempo y con los ojos inyectados en sangre me puse mientras empezaba a brillar el sol con un poema de Machado que termina: “¡Oh, para ser ahorcado, hermoso día!”. Se acabó. Por ahí no paso.

Ya no sé qué probar. El otro día un muchacho se me acercó después de un tiempo sin vernos y me dijo que me notaba perjudicado, serio, envejecido. “Normal”, pensé, “con seis horas de sueño no esperarás que sonría”. Ahora busco al salir el sol la felicidad en los estados de ánimo de las listas de reproducción de Spotify.

Como siga madrugando sin querer me va a terminar pasando como a Gregor en Lametamorfosis: el día menos pensado me levanto convertido en insecto, por gilipollas. Lo único que se me ocurre es que tenga algo que ver con la cama, que estemos distanciándonos, que ya no conectemos. Igual tengo que ir a buscarme una nueva. Estas cosas son importantes, no lo eran para mí, pero voy a empezar a tenerlo en cuenta. Como la gente que solo puede cagar en su propia casa para sentirse cómodo. O como el poeta francés Guillaume Apollinaire, que después de sus grandes comidas se levantaba con un palillo entre los dientes y exclamaba a sus amigos el nombre del nuevo lugar donde iba a hacer de vientre, siempre al día de cuáles eran los mejores retretes de París.

Yo ya no sé.

El otro día un amigo leyó una entrada de este blog, ¿Dónde coño estás?, y me dijo que era, sin duda, su favorita. Me pidió, eso sí, que ni se me pasase por la cabeza dejarle así, con un folio de mierda, que quería saber más. Le dije que me encantaría, pero que el problema está en que escribir una segunda parte de esa entrada no depende solo de mí; me hace falta una mano de uñas pintadas en rojo escribiéndola de madrugada a mi lado. Pero claro, sin dormir por las mañanas y dando los buenos días a base de recitar poemas no sé yo si voy muy lejos.

(…) Artículo completo en Frontera D

Foto The humbling (2014), Barry Levinson

Anuncios

Amor hereditario

Als-Tennessee-Williams-1200

“Rebeca esperaba el amor a las cuatro de la tarde bordando junto a la ventana”.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

Supongo que hay en todo gesto heredado cierta nostalgia. Como cuando uno cruza las piernas tan a su manera que ni le encajan las rodillas, se aparta el pelo en golpes secos siempre hacia el mismo lado, o se sorprende al verse sujetando el cigarrillo con las dos manos. Nada es original ni inventado, solo un reflejo sutil y práctico de lo que fuimos durante los últimos mil años.

El otro día en clase de interpretación la profesora mandó a tres alumnos que me siguiesen y me escuchasen para después adoptar mis gestos y mi voz y así tratar de imitarme. El resultado fue asombroso, tanto que me invadió la envidia al ver lo bien que hacían (incluso mejor que yo) mis propios gestos. Manías en forma de movimiento, tics ligeros que uno lleva como para andar por casa. E imaginé así a algún antepasado bien lejano frotándose las manos con rareza cuando hablaba o girando su tobillo sobre la punta del pie si la conversación le sonrojaba. Aunque me falta contexto, que si me voy tres o cuatro generaciones más allá ya no sé de dónde vengo. Tampoco es algo que me quite el sueño, pero a quién no le gustaría saber si viene de una estirpe de escuderos, navegantes, alguaciles, cocineros, saqueadores, proxenetas, ayudantes de granjeros, señores de la alta nobleza, vagabundos, poetas, curanderos, actores de marionetas… A pesar de terminar así de forma irremediable viéndote condicionado. Como Tennesse Williams, que a los 71 años muere asfixiado al atragantarse con el tapón de una botella de alcohol al intentar beber de ella y la mejor explicación a ese final disparatado es que su padre era un borracho.

(…) Artículo completo en Frontera D

Buenos Aires. 168 horas

28ARTE,photo01

“Solo en las grandes ciudades de Europa reside el destino”.

Juventud, J. M. Coetzee.

Lunes

Llego el lunes 1 de junio a las 9 de la mañana después de 18 horas de autobús desde Foz do Iguaçu. Mi amigo Francesco me espera en la estación de Retiro, me recoge y vamos a desayunar facturas, cuatro bollos bañados en dulce de leche y crema. El señor de detrás en la fila de la panadería me mira como si estorbase y le respondo alzando los hombros con sonrisa forzada dejando claro ser turista. Francesco trabaja por el día, yo camino la ciudad y nos encontramos a la noche. Avenida Santa Fe hacia arriba, mercado de libros de Plaza Italia, santa Fe más arriba, una milanesa napolitana, atarme los botines y seguir caminando. La librería del teatro ateneo, Avenida 9 de julio, fotos en el obelisco con una cámara que me he comprado con ambiciones discutiblemente artísticas, el perfil de Evita Perón en la fachada de un edificio, Plaza de Mayo. Vuelta en metro y atardecer en los lagos de Palermo, tres cervezas y reencuentro con mi amigo para ir a cenar una parrillada a la zona de Cañitas.

Martes

Camino por Libertador, como un choripán y una pepsi, entro al Museo Nacional de Bellas Artes, miro seis minutos un boceto de Degas de una joven bailarina de ballet y luego cuatro a una señora que a mi lado tira fotos a los cuadros como si intentase sacarles la pintura a pantallazos. Camino hasta Recoleta, entro al centro cultural donde veo el tráiler de un corto de Nicola Constantino del que no entiendo un carajo. Me tomo un café en el Starbucks, entro al cementerio de Recoleta sorbiendo el café y me salgo atragantado. No tengo cuerpo para echar la hora de la siesta viendo tumbas. En el cruce de Larrea con Santa Fe encuentro dos librerías de segunda mano donde me compro por tres chelines Bohemios de Dan Franck, Perito en lunas de Miguel Hernández y Los europeos de Henry James. Vuelvo caminando a casa. Acompaño a mi amigo a su entrenamiento de rugby y hago como que les tiro fotos con mi cámara nueva usando el modo manual para darle personalidad al asunto, y efectivamente luego no se ven más que manchas de colores sobre un fondo oscuro. Cenamos en Kentucky pasada con creces la medianoche, una cadena de pizzerías de masa muy gorda a la que me veré obligado a volver, el camarero nos sirve una cerveza bien fría y Francesco y yo hablamos de fidelidad o infidelidad, de amor en definitiva, como en cualquier pizzería del mundo un martes a las 2 de la mañana.

Miércoles

Vuelvo a lanzarme a la Avenida Libertador, con los botines abrochados y espíritu aventurero caminando mientras como un bocadillo de bondiola que me sonroja las mejillas. Entro al Malba donde obras de Antonio Berni y Emilio Pettoruti reinan junto a las simpáticas gordas de Botero, y en el segundo piso me asomo a una expo de la fotógrafa Annemarie Heinrich, que me hacer salir de ahí configurando mi cámara al blanco y negro, buscándole una revancha al rugby. Camino en perpendicular a Libertador cruzando Santa Fe y sigo hasta Corrientes, donde la marcha bajo el lema Ni una menos, que empieza en Callao, me arrastra sin que apenas tenga que llevar los pies al suelo casi hasta la Nueve de julio, donde cae la noche y las farolas parpadean. Tiro un par de fotos a las farolas y a los coches por ver qué pasa. Bus de vuelta a casa, donde me encuentro con mi amigo que me lleva a su cena de empresa en el restaurante La Escondida, donde combinamos las anchuras, la morcilla y el vacío con botellas de vino tinto hasta tambalearnos y así termino haciendo comentarios laborales sin ton ni son mientras me acaricio el bigote con encanto.

Jueves

Me levanto tarde y bajo a comer a la pizzería Kentucky. Voy despistado, no llevo efectivo y no aceptan tarjeta, así que no tengo más remedio que dejarle al camarero mi móvil (el aparato en sí, no el número) para que confíe en que vaya a sacar dinero y vuelva mientras su jefe me mira con dureza. Qué bochorno. Para colmo los dos cajeros más próximos no funcionan y en el tercero el tema de los pesos argentinos me sobrepasa. Café con leche y tres sobres de azúcar para llevar que tomo sentado en el banco de una pequeña plazoleta. Entro a La Rural, donde se organiza estos días la expo ArteBa. Un par de azafatas de sonrisa preciosa reparten paquetes de cigarrillos Parliament y en la barra un muchacho sirve tragos de gustos a juego. Todo gratis por promoción del evento. Miro como el tipo me sirve un Martini blanco con jugo de pomelo y albahaca y me siento en los sillones de la terraza a beber y fumar mientras escucho por unos altavoces como desde la radio define la palabra arte Dolores Cáceres, una artista de Córdoba, Argentina, y me imagino al periodista preparándose la entrevista mientras sonríe arqueando las cejas cuando se le ocurre esa pregunta. Defina arte. Qué tío. Voy en autobús hasta La Plaza de Mayo, desde donde camino hasta Puerto Madero y pruebo a tirar fotos a unas muchachas que patinan a ver si le saco juego al blanco y negro hasta que poco a poco se van alejando (si no huyendo).

No le encuentro a Buenos Aires tantos parecidos con Madrid (me habían advertido que eran muchos); uno en las calles que atraviesan los parques donde al anochecer enseñan muslo los travestis buscando romanticismo. Y que Corrientes me recuerda a la Gran Vía. Pero es Buenos Aires, acogedor a su manera. Podría ser un Madrid curtido, pulido en otro mundo. Una ciudad atractiva replegándose el vestido que crece mirándose en el espejo cóncavo de las capitales del viejo continente. Alejada a golpe de carácter y hormigón del más mínimo complejo de pueblo, cubierta por una alfombra encantadora que tapa con cuidado sus manías y enseña con orgullo las encías y sus calles empedradas. De haber destino en algún lado también aquí lo habría. Y no sé por qué calles camino ni en qué horario, pero aquí se cruza uno a cada ochenta metros con la mujer más hermosa del mundo. En Madrid solo me pasa cuando en Alberto Aguilera doblo hacia Guzmán el Bueno, pero allí ya cada cual tendrá sus calles y sus gustos.

(…) Artículo completo en Frontera D