Casi héroes

Mes: septiembre, 2015

La casa de al lado

¡Qué admirable!,

quien no piensa, “La vida es fugaz”,

cuando ve el destello de un

relámpago.

Matsuo Bashō 

A veces en la vida hay situaciones que con el paso de los años se terminan persiguiendo la cola a sí mismas, como si escribir un destino capicúa fuese un gesto tímido de flirteo a la rutina. En la casa que choca pared con pared con la mía vive una pareja de ancianos, un matrimonio que vio partir a sus muchachos y ahora acoge los domingos con sonrisas y caramelos a sus nietos. Cuando nosotros nos mudamos a esta casa (yo tendría unos 7 años) ellos nos recibieron con una hospitalidad pasmosa, tanta como la que pueda apreciar un chaval de esas edades regocijándose en los regalos que le hacían. Sus hijos aún vivían bajo el mismo techo pero eran ya mayores, así que la ternura de la infancia la proporcionábamos nosotros, hasta el punto de que los regalos no cesaron y un buen día a mi hermano pequeño le regalaron una guitarra española que llevaba estampada una pegatina de un reno amarillo.

La historia siguió su curso sin salirse demasiado del camino, sin altercados, mi hermano siguió tocando la guitarra cada vez más y mejor, formó un grupo, y ensayaba en solitario cada tarde sentado en el extremo de su cama tocando frente a la ventana. Fuera llovía, o nevaba, o las hojas de los árboles marchitas se caían…, mi hermano anclaba la guitarra entre su brazo y su rodilla cada tarde y ensayaba.

Con el paso del tiempo la pareja de la casa de al lado se compró un coche mejor, se les murió el perro, pasaron de ser (…) Artículo completo en Frontera D

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Por los chelines

“Los diez chelines por noche que gana son dinero”.

Juventud, J. M. Coetzee

Después de cada verano, con septiembre negándose a reverenciar a nadie, la cuenta está en números rojos, de forma natural e irremediable, como lo es que se caigan las hojas de los fresnos en otoño. Así es como el jueves pasado mi hermano terminó siendo esposado a una lámpara por un niño de 11 años para el que hacía de canguro. Y supongo que eso es lo que se conoce como riesgo laboral. ¿Por qué? Por los chelines.

Hablo de esto porque mañana tengo una entrevista de trabajo (y una analítica, un día duro). Teleoperador. Me queda cerca de casa, no pagan mal, y en la mayoría de puestos para becario de redacción o algo relacionado con el mundo audiovisual la máxima recompensa a fin de mes es probable que sea un sugus. Parece que cualquiera que se permita trabajar en ese mundo tenga que hacerlo por ocio. El otro día una amiga me contó que llevaba de becaria un año en un diario deportivo de primer nivel sin ver un centavo y que la gente la felicita por privilegiada. Pero ese es otro tema.

Así que al teléfono. O a intentarlo, que igual tiro la toalla antes del primer timbrazo. Cuando vivía en Alemania conocí a un muchacho argentino que me ofreció trabajar para una línea erótica. Tuve que explicarle que a mí lo de excitar por una llamada telefónica nunca se me ha dado bien, si ni siquiera he conseguido nunca caldear el ambiente por Skype, que es casi un vis a vis, ya ni hablemos con el aparato en la oreja y mirando a la pared. Hace unos años estuve quedando con una chica durante un par de semanas a la vuelta del verano  y una noche, después de pasar la tarde morreándonos en el parque, me llamó por teléfono y me dijo: “Será mejor que no sigamos viéndonos” No fui capaz ni de preguntarle el por qué y acepté mi condición de alma en pena, y cuando alguien me preguntaba que qué había pasado con aquella chica lo único que se me ocurría era explicar que la culpa de todo la tenía el puto teléfono. En persona nada de eso hubiera pasado, o al menos le habría reprochado algo, o le habría llorado en el hombro, pero por teléfono me pilló desprevenido y le contesté como cuando tu madre te pone al aparato para que saludes a algún pariente lejano: “Sí…, mm…, aha…, bien”. Un final trágico en cualquier caso.

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