La casa de al lado

por Antonio Mérida Ordás

¡Qué admirable!,

quien no piensa, “La vida es fugaz”,

cuando ve el destello de un

relámpago.

Matsuo Bashō 

A veces en la vida hay situaciones que con el paso de los años se terminan persiguiendo la cola a sí mismas, como si escribir un destino capicúa fuese un gesto tímido de flirteo a la rutina. En la casa que choca pared con pared con la mía vive una pareja de ancianos, un matrimonio que vio partir a sus muchachos y ahora acoge los domingos con sonrisas y caramelos a sus nietos. Cuando nosotros nos mudamos a esta casa (yo tendría unos 7 años) ellos nos recibieron con una hospitalidad pasmosa, tanta como la que pueda apreciar un chaval de esas edades regocijándose en los regalos que le hacían. Sus hijos aún vivían bajo el mismo techo pero eran ya mayores, así que la ternura de la infancia la proporcionábamos nosotros, hasta el punto de que los regalos no cesaron y un buen día a mi hermano pequeño le regalaron una guitarra española que llevaba estampada una pegatina de un reno amarillo.

La historia siguió su curso sin salirse demasiado del camino, sin altercados, mi hermano siguió tocando la guitarra cada vez más y mejor, formó un grupo, y ensayaba en solitario cada tarde sentado en el extremo de su cama tocando frente a la ventana. Fuera llovía, o nevaba, o las hojas de los árboles marchitas se caían…, mi hermano anclaba la guitarra entre su brazo y su rodilla cada tarde y ensayaba.

Con el paso del tiempo la pareja de la casa de al lado se compró un coche mejor, se les murió el perro, pasaron de ser (…) Artículo completo en Frontera D

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