Al borde de la noche

por Antonio Mérida Ordás

 

La noche es la noche,

comienza con la mañana,

me tiende junto a ti.

Paul Celan

 

 

Te asomarás a la ventana y fumarás mirando al patio, la imaginarás desnuda en aquel cuarto. Entonces pensarás en el olor a café, a amanecer, a ella, pensarás en que podría caerse el cielo o bien romperse el segundero en aquel preciso instante. Tirarás la colilla y te darás la vuelta asombrado, como en el verso de Alberti, que cuando lo abrazó la mujer se asombró el gallo, y rozará su piel tu piel y así sabrás, con la seguridad con que un profeta anuncia que dos y dos son cuatro, que todo lo demás es secundario.

 

Es cierto que a veces un día de octubre es tan solo otro apartado en la cartilla de otoño, un día cualquiera, y que, a pesar de sus colores y su gusto a calcetines largos, no dice nada. Y, sin embargo, en ese punto es donde empieza a ocurrir algo.

 

Pongamos además, por ejemplo, que este día de octubre del que hablamos cae en viernes, un viernes cualquiera. Un viernes cualquiera de hace un año. Entonces ya puedes remangarte los vaqueros y dejarte la barba decidida, ponte una camisa de colores extraños y dos golpes de alguna fragancia irlandesa. Es viernes de octubre y sales de juerga, como la mayoría de los viernes cualquiera, como cualquier día de cualquier mes que caiga en viernes. Como un finde cualquiera. Bebes ron mezclado con coca cola y un par de hielos ruborizados y el humo de un cigarro te silba las orejas. Hablas con amigas y amigos, y te preguntan por la chica mayor con la que tuviste un affaire hace un par de semanas y tú respondes tímido y no recuerdas ni su nombre, ni si quiera te importaba, si en asuntos de sentirte conquistado eres novato y nunca has mirado con amor la misma falda dos semanas.

 

Tres amigos y tú os subís a un taxi rumbo a un garito mediocre al que tú no querías ir, del cual siempre decíais que allí no se puede conocer a nadie que valga la pena, y aunque vas sin intenciones de conocer a nadie el asunto se te complica a los pocos minutos porque te fijas en alguien, y ese alguien es una chica de piel clara y pelo oscuro edulcorado, que viste unos vaqueros y una camiseta negra ajustada, que baila pegada a la barra y avanza por el borde de su copa con una serenidad pasmosa. Y tú te acercas y saludas. Ella te mira divertida, como una Anna Karina de Godard, que te imita, sonríe, se pone seria, te pregunta por qué la estás mirando así; y entonces se da la vuelta y tú, con el gesto torcido, la ves alejarse pensando en que la noche ya se te ha escurrido.

 

Así que poco después vuelves a acercarte, y ahora consigues que te escuche y que te diga un par de cosas aunque no entiendes bien su nombre, pero esta vez sí te interesa. Te dice que va al baño y nunca vuelve, así que no hay más historia, salvo porque cuando estás a punto de marcharte por la puerta te la encuentras sentada junto al ropero revolviendo dentro de su bolso y no tienes más remedio que acercarte una vez más y decirle una cosa que ni siquiera tú entiendes ni recuerdas, y entonces como por una de esas razones por las que cae por el canto una moneda te está agarrando la mano y te acompaña a la columna que hay frente a la pista de baile, donde te besa, o la besas, y después de tomar un chupito de los que revuelve el alma os salís fuera.

 

En la calle, entre dos coches esquinados te pedirá mientras mea que esperes dado la vuelta y que si puedes cantar algo, así que sorprendido tararearás tres estrofas de Fito Cabrales y ella conocerá la letra y te acompañará. Un taxi parará y subirán ella, dos amigas y un muchacho, así que desde fuera verás como la chica de ojos claros se te escapa, y en el momento en que el taxi arranque, cuando ya des por olvidado su nombre, ella abrirá la puerta de su lado, te agarrará y te subirá entre sus piernas, y el taxista mirará hacia atrás con gesto de no aprobarlo. Vosotros echaréis la mirada a un lado escondiendo las sonrisas, y entonces el coche arrancará y supondréis que lo ha ignorado.

 

Al llegar al barrio donde vive os tocará llevar entre los dos a una amiga suya que lucha por no desmayarse, y entonces ella te preguntará si no tienes nada mejor que hacer, y te lo preguntará varias veces, y tú mirarás el reloj y verás que son las 7 de la mañana y pensarás que desde luego no tienes ninguna prisa. Todo el tiempo del mundo, si estará amaneciendo y será otoño. Ni si quiera llevas reloj. Acostaréis a la amiga en la cama y ella se pondrá el pijama y te llevará a la cocina, donde escucharéis música mientras fumáis en la ventana, te ofrecerá una cerveza con limón que es la última existencia en su nevera y se cocinará una especie de emparedado de pinta más que dudosa. Después de 15 minutos te mirará pensando qué carajos harás tú en su cocina, ella terminará su plato mientras te habla y tú, sin hambre, fumarás sentado y la mirarás, los dos algo borrachos, aturdidos, entonces os daréis cuenta de que estáis sonrojando las mejillas preguntándoos qué coño hacéis ya con el sol saliendo en una cocina de suelo blanco abrazados a un desconocido bailando despacio una canción de los Red Hot. Así que te separarás, reflexionarás, reflexionarás desde la distancia, como quien reflexiona después de un naufragio murmurando que allí no ha pasado nada, y entonces te acercarás en plan aventurero, decidido, lanzando el sombrero por la ventana si lo tuvieras, dispuesto a rodar por aquel suelo grasiento como si el mundo no acabara, rodearás con tus brazos su cintura mientras su espalda se arquea y, con la serenidad de quien sigue tocando mientras se hunde el barco, la besarás. Y seguirá sonando una canción y seguirá el gas encendido mientras la besas.

(…) Sigue en Frontera D

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