Sentado en los bares, miro pasar a las chicas

por Antonio Mérida Ordás

“No conviene pensar. Hay que tratar de que todo se deslice imperceptiblemente”.

Los diarios de Enzo Reni, Ricardo Piglia

Al llegar a casa, cada tarde, de forma irremediable me quedo dormido. Me siento uno de aquellos que padecen narcolepsia, como un amigo que en los momentos menos afortunados se dejaba llevar por un sueño incontrolable. Tomando unas copas en un bar, por ejemplo, al notar su silencio acentuado le sorprendíamos acurrucado en el banco, rindiéndose a la faceta más tranquila de la noche. Lo curioso es que esto le ocurría sin motivo aparente, sin acumular cansancio. Así en mi caso puedo agarrarme a una explicación más o menos lógica, como la que nos dio otro amigo hace unos viernes al dormirse en medio de la sala Pacha: “El puto trabajo…” Y no es por el trabajo en sí, que no voy cargando piedras ni mucho menos, si no por el hecho de madrugar, de enfrentarme al día antes de tiempo, lo cual debería considerarse toda una temeridad. ¿Qué prisa hay?, me pregunto, si esto no va a ningún lado. Entonces las horas se me acumulan pesadas en los hombros, y después de la comida me convierto en un muchacho de ojos caídos y de pies cansados. Es ponerme una película en posición tumbado y se me escapa la vida; cuando quiero darme cuenta la realidad, la ficción y mis propios sueños se me están entremezclando. El otro día viendo una película con la chica que me gusta, aquella muchacha de ojos claros, a medida que iban pasando los minutos yo la iba abandonando, y ella me sorprendía dando pequeñas cabezadas que yo intentaba esconder con disimulo. Me despertaba cada quince minutos, la miraba de reojo y entonces, procurando que creyese que andaba prestando atención a su lado, soltaba alguna frase ingeniosa sobre el primer personaje que pasase por pantalla. Ella se giraba y me miraba con cara de “llevo viéndote dormir 20 minutos”, así que, sin más dilaciones, tiraba la toalla y me rendía de nuevo a un sueño ingobernable y placentero.

Así ando, que cuanto más madrugue, aunque trabaje, más torpe y distanciado me siento cada tarde, tan lejos de la vida. Lo cual tiene cierto encanto, supongo, y ahora dudo si decantarme por perseguir trabajos a jornada completa para los próximos años o desabrocharme los vaqueros y convertir mi jornada completa en una calma constante, convertir para siempre mis días en los que se le echaban encima al escritor argentino Ricardo Piglia:

“Día vacío, inútil. No hice nada. Como si no hubiera llegado el momento de trabajar. Sentado en los bares, miro pasar a las chicas”.

Supongo que será la mejor de mis opciones. A cada siesta que me asalta lo voy teniendo más claro. También podría irme así a escribir poemas a la barra de los bares, como un joven García Madero que trata de encontrarse. Pero todo, en definitiva, es cuestión de que le arrastre a uno la novedad de sus costumbres. Y ayer leyendo a Piglia le descubrí dejándose arrastrar, orientándose la vida de la misma forma que veníamos haciendo la chica de ojos claros y yo, descartando cualquier riesgo cediendo decisiones al azar de una moneda al aire. (…) Más en Frontera D

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