La despedida

por Antonio Mérida Ordás

El avión espera tras la séptima puerta,

un aeropuerto a oscuras

y en la ciudad es de noche.

Él mira las postales que se lleva,

los nombres apuntados,

el idioma aprendido.

 

Sabe que nadie puede reprocharle

seguir cambiando el mapa.

 

Tal vez se sienta solo,

tal vez cansado,

tal vez no desayune cada tarde

mirando el mismo mar

ni sepa pronunciar el nombre

del pueblo en el que viva.

 

Pero esa es su elección:

separarse, huir de alguien.

Tiene que ser así.

 

Lanzarse,

sentir en la garganta indicios de la guerra

y en los dos ojos

ni lágrimas ni llanto ni delirio,

sólo el gesto infinito de la nada.

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