Casi héroes

Por los chelines

“Los diez chelines por noche que gana son dinero”.

Juventud, J. M. Coetzee

Después de cada verano, con septiembre negándose a reverenciar a nadie, la cuenta está en números rojos, de forma natural e irremediable, como lo es que se caigan las hojas de los fresnos en otoño. Así es como el jueves pasado mi hermano terminó siendo esposado a una lámpara por un niño de 11 años para el que hacía de canguro. Y supongo que eso es lo que se conoce como riesgo laboral. ¿Por qué? Por los chelines.

Hablo de esto porque mañana tengo una entrevista de trabajo (y una analítica, un día duro). Teleoperador. Me queda cerca de casa, no pagan mal, y en la mayoría de puestos para becario de redacción o algo relacionado con el mundo audiovisual la máxima recompensa a fin de mes es probable que sea un sugus. Parece que cualquiera que se permita trabajar en ese mundo tenga que hacerlo por ocio. El otro día una amiga me contó que llevaba de becaria un año en un diario deportivo de primer nivel sin ver un centavo y que la gente la felicita por privilegiada. Pero ese es otro tema.

Así que al teléfono. O a intentarlo, que igual tiro la toalla antes del primer timbrazo. Cuando vivía en Alemania conocí a un muchacho argentino que me ofreció trabajar para una línea erótica. Tuve que explicarle que a mí lo de excitar por una llamada telefónica nunca se me ha dado bien, si ni siquiera he conseguido nunca caldear el ambiente por Skype, que es casi un vis a vis, ya ni hablemos con el aparato en la oreja y mirando a la pared. Hace unos años estuve quedando con una chica durante un par de semanas a la vuelta del verano  y una noche, después de pasar la tarde morreándonos en el parque, me llamó por teléfono y me dijo: “Será mejor que no sigamos viéndonos” No fui capaz ni de preguntarle el por qué y acepté mi condición de alma en pena, y cuando alguien me preguntaba que qué había pasado con aquella chica lo único que se me ocurría era explicar que la culpa de todo la tenía el puto teléfono. En persona nada de eso hubiera pasado, o al menos le habría reprochado algo, o le habría llorado en el hombro, pero por teléfono me pilló desprevenido y le contesté como cuando tu madre te pone al aparato para que saludes a algún pariente lejano: “Sí…, mm…, aha…, bien”. Un final trágico en cualquier caso.

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El bigote

“Devino entonces en una costumbre esto de leer en voz alta –en voz baja- cada noche, antes de follar”.

Bonsái, Alejandro Zambra

Esta tarde paseaba por casa en calzoncillos, pensativo, balanceando en mi mano derecha la maquinilla de cortar el pelo echando un ojo desafiante de tanto en cuando hacia el espejo. Llevaba sin quitarme la barba por lo menos año y medio, de ahí tal desconsuelo. Temerario, me he lanzado a reiniciarme empezando por las patillas sin titubeos, y todo parecía ir sobre ruedas. ¿Qué podía salir mal? Sin embargo, cuando he terminado, he mirado mi reflejo con sospecha y me he percatado de algo importante. Me había dejado bigote. El bigote. Un bigote colocado sobre mi labio superior así sin previo aviso. Empiezas el día tan normal y lo terminas llevando bigote, tan impredecible es la vida supongo. Y no vayan a pensar que es un bigote estrecho y de puntas finas que me otorga un aire de pintor francés, ni mucho menos; es largo y grueso, como el de un mariachi mejicano que maldiciendo rompe su instrumento en la cabeza del de al lado. Ahora solo me queda asumir con serenidad mi nueva condición e intentar que no me afecte demasiado. C´est la vie, le he dicho a mi madre cuando me ha mirado con disgusto. En definitiva me he sentido bien, algo confuso pero ligero, despejado, como García Madero en Los detectives salvajes con todo el día por delante al amanecer después de desvirgarse con María en aquella cama a oscuras:

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Las horas

“Déjeme que le diga una cosa: conocerle a usted me ha desilusionado completamente”.

Años inolvidables, John Dos Passos.

Ayer se me paró el reloj a las 18:23. Bueno, hace ya unos días. Y así va a seguir, siempre, marcando las 18:23. Por eso lo he dejado colgando de una balda de mi cuarto y vuelvo a no saber la hora (siempre me quedará mirar el móvil), lo cual resulta desde aquí todo ventajas. Igual que al enfrentarse cara a cara al calendario, cuando uno mira atrás no quiere datos tan concretos, al menos yo. Quiero anécdotas, no latitudes; quiero saber qué espada y en qué forma atravesó tal armadura, o el nombre y el bigote del autor de aquel relato, no me interesa que lo firmase justo al dar los buenos días.

Hace solo dos noches que volví de Tailandia y tengo confundido el sueño. No sé si es el jet lag o son las 18:23, pero ya escribiré con reposo de aquello. Luego, si no, se me atraganta todo.

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Instrucciones para salvar el mundo

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“Ponte el sombrero dorado, si eso ha de conmoverla; si eres capaz de saltar muy alto, hazlo también por ella, hasta que exclame: ¡Enamorado saltarín, enamorado del sombrero de oro, tendrás que ser mío!”

Epígrafe de El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald

Cómprate una caja de preservativos marca blanca y unos calcetines grises de algodón francés que te lleguen por lo menos a la altura de las pantorrillas. Una camisa de lino de color dudoso abierta en el penúltimo botón como en un gesto suicida y unos vaqueros remangados que dejen ver los calcetines y cuya tela barata se abra accidentalmente sobre la circunferencia deforme y triste de tu rodilla izquierda. Unas zapatillas All Star falsificadas de botín con los cordones sucios y unos calzoncillos a tu elección (importante decisión de esas que todo lo cambian): bien unos bóxer holgados que dejen que se mezan tus pelotas a la gracia de los vientos del verano sin la menor opresión o bien unos slip ajustados de dos tallas menos que compensen la congoja con un estampado en la parte delantera del símbolo de Batman.

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Fotograma de la película alemana Oh Boy, de Jan Ole Gerster

¿Fuma usted?

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“La verdadera esencia del romanticismo es la incertidumbre”.

La importancia de ser formal, Oscar Wilde.

Ayer volví a llamar a la línea aérea con la que viajo de vuelta a Madrid. Intenté convencer a la muchacha que me atendió de que me ayudase trampeando a encontrar un hueco en la tarifa más barata para poder adelantar mi vuelo unas 72 horas. Por nada en especial, andaba un par de días más por Brasil encantado, pero hay unos ojos azules que quiero ver y marchan el día que yo llego. Eso es, volver por puro romance, la misma razón por la que Bonnie & Clyde mataban a tiros a cualquiera que se interpusiese en su camino (Y además tan jóvenes). Yo, sin embargo, no pienso matar a nadie a tiros por lo menos hasta que cumpla los 67 años. Aún es temprano. Y en eso no quiero precipitarme como me precipité cambiando de fecha mi vuelo de vuelta, asunto que se me escurre ahora entre las manos sin que pueda remediarlo. Y así van las cosas. ¿Por qué?  Pues por precipitarnos. Como el siglo XX, que en plena adolescencia con tres pelos en los huevos, aún virgen y llevando un primer cigarrillo entre los labios, ya se marchaba a la guerra bajo las sombras del verano.

Lo mismo creo que haré con el trabajo. Es mejor tomarse las cosas con calma. Con mis padres, para empezar, ya he apalabrado la paga semanal hasta que cumpla 45 años (se negaron a una vitalicia). Así tendré tiempo de reflexionar bien sobre mi futuro. Porque las cosas que hago rápido y con prisas siempre terminan torciéndose. Como una vez que leí en Twitter que el suplemento de moda de El País buscaba becarios y mandé mi curriculum antes de tres pestañeos. Cuando llegué a la entrevista, vestido con una americana sobre una camiseta de Jimi Hendrix fluorescente y unos vaqueros remangados (así no había fallo), vi como pasábamos de largo la redacción y aun así me froté las manos murmurando: “¿Y a escribir cuándo empezamos?”. Entonces me preguntaron por qué estaba interesado en gestionar los préstamos de ropa para las sesiones fotográficas y yo torcí la sonrisa y canté aquello de Quique González: “He venido a beber y a escribir…”. Salí del edificio cabizbajo maldiciendo y repitiéndome no volver jamás a una entrevista con los pantalones remangados.

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Insomnio

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“Esto de levantarse pronto, pensó, le hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir”.

La metamorfosis, Franz Kafka

Ya no consigo dormir bien. Y yo era de aquellos que se echan a la espalda unas doce horas seguidas. Sin pestañear, literalmente. Pensarán, supongo, que se debe a que por razones laborales ahora madrugo. Ni mucho menos, sigo de universitario y con horario nocturno. ¿Por la luz del sol entonces? Ni por asomo, antes no me suponía ni un mal sueño. Lo que ocurre desconozco a qué se debe. Solo sé que ahora me duermo y a las siete horas tengo los ojos abiertos de par en par y acudo al baño a mirarme con tristeza las ojeras mientras maldigo en hebreo. Como me descuide hay días que no paso de las cinco horas de sueño. Y eso ya es más jodido, porque entonces me miro la punta de los pies y me pregunto qué coño voy a hacer con tanto día.

Ya no consigo ni superar las dos horas en las siestas. Esto vuelve loco a cualquiera; me meto en la cama tembloroso, con miedo a dormirme por despertarme antes de tiempo. Antes era un de esas personas que encontraba la felicidad entre las plumas de su almohada, ahora solo un desgraciado que lucha por no perder la cabeza, y cuando alguien me propone hacer algo a horas insospechadas ya no puedo no responder por el placer de estar durmiendo; no tengo más remedio que resignarme y contestar lo mismo que le escribí ayer a un amigo: “Ahora no puedo, estoy viendo una peli de espías”.

Me sobran horas. “Estudia, trabaja, haz algo”. No, no, no. No me sobran horas productivas, con esas ya hago lo que puedo. Me sobran horas de esas que se balancean en la mañana con el erotismo de una pole dancer en apuros. No sé qué hacer entre las 7 y las 14hs. Yo no rindo a esas horas. Leo de noche, escribo de noche, veo películas de noche y mis relaciones sociales comienzan después de la siesta. Imagina ponerte alguna de Sam Peckinpah a las 10h de la mañana…, no es lo mismo. Un drama. Voy perdiendo los estribos, tanto que buscando soluciones en los párrafos de algún artículo leí de un autor que lo primero que hacía al despertarse era leer poemas. Y probé con eso. Buscando en la soledad cierto remedio. Y bueno, me sobran tantas horas al salir el sol que hasta he terminado un poemario. Ya sabía yo que la cosa iba a acabar mal, que yo no valgo para cualquier hora del día. Ahora me escribe por Whatsapp la chica que me gusta y me engancho a la grabación de voz recitándole un poema. ¿Se entiende ahora el drama? Pobre muchacha… Hasta a la literatura hay que respetarle unos horarios, valga de ejemplo Harry Crosby. El poeta se encerró largos días y largas noches en una habitación a solas con libros y su chica y no mucho después terminó pactando su propio asesinato con su amada.

No, no y no. Lo de la poesía tan temprano no me lleva a nada bueno. La poesía es para la noche, lo tengo claro. Lo decidí drásticamente cuando el otro día me desperté antes de tiempo y con los ojos inyectados en sangre me puse mientras empezaba a brillar el sol con un poema de Machado que termina: “¡Oh, para ser ahorcado, hermoso día!”. Se acabó. Por ahí no paso.

Ya no sé qué probar. El otro día un muchacho se me acercó después de un tiempo sin vernos y me dijo que me notaba perjudicado, serio, envejecido. “Normal”, pensé, “con seis horas de sueño no esperarás que sonría”. Ahora busco al salir el sol la felicidad en los estados de ánimo de las listas de reproducción de Spotify.

Como siga madrugando sin querer me va a terminar pasando como a Gregor en Lametamorfosis: el día menos pensado me levanto convertido en insecto, por gilipollas. Lo único que se me ocurre es que tenga algo que ver con la cama, que estemos distanciándonos, que ya no conectemos. Igual tengo que ir a buscarme una nueva. Estas cosas son importantes, no lo eran para mí, pero voy a empezar a tenerlo en cuenta. Como la gente que solo puede cagar en su propia casa para sentirse cómodo. O como el poeta francés Guillaume Apollinaire, que después de sus grandes comidas se levantaba con un palillo entre los dientes y exclamaba a sus amigos el nombre del nuevo lugar donde iba a hacer de vientre, siempre al día de cuáles eran los mejores retretes de París.

Yo ya no sé.

El otro día un amigo leyó una entrada de este blog, ¿Dónde coño estás?, y me dijo que era, sin duda, su favorita. Me pidió, eso sí, que ni se me pasase por la cabeza dejarle así, con un folio de mierda, que quería saber más. Le dije que me encantaría, pero que el problema está en que escribir una segunda parte de esa entrada no depende solo de mí; me hace falta una mano de uñas pintadas en rojo escribiéndola de madrugada a mi lado. Pero claro, sin dormir por las mañanas y dando los buenos días a base de recitar poemas no sé yo si voy muy lejos.

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Foto The humbling (2014), Barry Levinson

Amor hereditario

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“Rebeca esperaba el amor a las cuatro de la tarde bordando junto a la ventana”.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

Supongo que hay en todo gesto heredado cierta nostalgia. Como cuando uno cruza las piernas tan a su manera que ni le encajan las rodillas, se aparta el pelo en golpes secos siempre hacia el mismo lado, o se sorprende al verse sujetando el cigarrillo con las dos manos. Nada es original ni inventado, solo un reflejo sutil y práctico de lo que fuimos durante los últimos mil años.

El otro día en clase de interpretación la profesora mandó a tres alumnos que me siguiesen y me escuchasen para después adoptar mis gestos y mi voz y así tratar de imitarme. El resultado fue asombroso, tanto que me invadió la envidia al ver lo bien que hacían (incluso mejor que yo) mis propios gestos. Manías en forma de movimiento, tics ligeros que uno lleva como para andar por casa. E imaginé así a algún antepasado bien lejano frotándose las manos con rareza cuando hablaba o girando su tobillo sobre la punta del pie si la conversación le sonrojaba. Aunque me falta contexto, que si me voy tres o cuatro generaciones más allá ya no sé de dónde vengo. Tampoco es algo que me quite el sueño, pero a quién no le gustaría saber si viene de una estirpe de escuderos, navegantes, alguaciles, cocineros, saqueadores, proxenetas, ayudantes de granjeros, señores de la alta nobleza, vagabundos, poetas, curanderos, actores de marionetas… A pesar de terminar así de forma irremediable viéndote condicionado. Como Tennesse Williams, que a los 71 años muere asfixiado al atragantarse con el tapón de una botella de alcohol al intentar beber de ella y la mejor explicación a ese final disparatado es que su padre era un borracho.

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Buenos Aires. 168 horas

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“Solo en las grandes ciudades de Europa reside el destino”.

Juventud, J. M. Coetzee.

Lunes

Llego el lunes 1 de junio a las 9 de la mañana después de 18 horas de autobús desde Foz do Iguaçu. Mi amigo Francesco me espera en la estación de Retiro, me recoge y vamos a desayunar facturas, cuatro bollos bañados en dulce de leche y crema. El señor de detrás en la fila de la panadería me mira como si estorbase y le respondo alzando los hombros con sonrisa forzada dejando claro ser turista. Francesco trabaja por el día, yo camino la ciudad y nos encontramos a la noche. Avenida Santa Fe hacia arriba, mercado de libros de Plaza Italia, santa Fe más arriba, una milanesa napolitana, atarme los botines y seguir caminando. La librería del teatro ateneo, Avenida 9 de julio, fotos en el obelisco con una cámara que me he comprado con ambiciones discutiblemente artísticas, el perfil de Evita Perón en la fachada de un edificio, Plaza de Mayo. Vuelta en metro y atardecer en los lagos de Palermo, tres cervezas y reencuentro con mi amigo para ir a cenar una parrillada a la zona de Cañitas.

Martes

Camino por Libertador, como un choripán y una pepsi, entro al Museo Nacional de Bellas Artes, miro seis minutos un boceto de Degas de una joven bailarina de ballet y luego cuatro a una señora que a mi lado tira fotos a los cuadros como si intentase sacarles la pintura a pantallazos. Camino hasta Recoleta, entro al centro cultural donde veo el tráiler de un corto de Nicola Constantino del que no entiendo un carajo. Me tomo un café en el Starbucks, entro al cementerio de Recoleta sorbiendo el café y me salgo atragantado. No tengo cuerpo para echar la hora de la siesta viendo tumbas. En el cruce de Larrea con Santa Fe encuentro dos librerías de segunda mano donde me compro por tres chelines Bohemios de Dan Franck, Perito en lunas de Miguel Hernández y Los europeos de Henry James. Vuelvo caminando a casa. Acompaño a mi amigo a su entrenamiento de rugby y hago como que les tiro fotos con mi cámara nueva usando el modo manual para darle personalidad al asunto, y efectivamente luego no se ven más que manchas de colores sobre un fondo oscuro. Cenamos en Kentucky pasada con creces la medianoche, una cadena de pizzerías de masa muy gorda a la que me veré obligado a volver, el camarero nos sirve una cerveza bien fría y Francesco y yo hablamos de fidelidad o infidelidad, de amor en definitiva, como en cualquier pizzería del mundo un martes a las 2 de la mañana.

Miércoles

Vuelvo a lanzarme a la Avenida Libertador, con los botines abrochados y espíritu aventurero caminando mientras como un bocadillo de bondiola que me sonroja las mejillas. Entro al Malba donde obras de Antonio Berni y Emilio Pettoruti reinan junto a las simpáticas gordas de Botero, y en el segundo piso me asomo a una expo de la fotógrafa Annemarie Heinrich, que me hacer salir de ahí configurando mi cámara al blanco y negro, buscándole una revancha al rugby. Camino en perpendicular a Libertador cruzando Santa Fe y sigo hasta Corrientes, donde la marcha bajo el lema Ni una menos, que empieza en Callao, me arrastra sin que apenas tenga que llevar los pies al suelo casi hasta la Nueve de julio, donde cae la noche y las farolas parpadean. Tiro un par de fotos a las farolas y a los coches por ver qué pasa. Bus de vuelta a casa, donde me encuentro con mi amigo que me lleva a su cena de empresa en el restaurante La Escondida, donde combinamos las anchuras, la morcilla y el vacío con botellas de vino tinto hasta tambalearnos y así termino haciendo comentarios laborales sin ton ni son mientras me acaricio el bigote con encanto.

Jueves

Me levanto tarde y bajo a comer a la pizzería Kentucky. Voy despistado, no llevo efectivo y no aceptan tarjeta, así que no tengo más remedio que dejarle al camarero mi móvil (el aparato en sí, no el número) para que confíe en que vaya a sacar dinero y vuelva mientras su jefe me mira con dureza. Qué bochorno. Para colmo los dos cajeros más próximos no funcionan y en el tercero el tema de los pesos argentinos me sobrepasa. Café con leche y tres sobres de azúcar para llevar que tomo sentado en el banco de una pequeña plazoleta. Entro a La Rural, donde se organiza estos días la expo ArteBa. Un par de azafatas de sonrisa preciosa reparten paquetes de cigarrillos Parliament y en la barra un muchacho sirve tragos de gustos a juego. Todo gratis por promoción del evento. Miro como el tipo me sirve un Martini blanco con jugo de pomelo y albahaca y me siento en los sillones de la terraza a beber y fumar mientras escucho por unos altavoces como desde la radio define la palabra arte Dolores Cáceres, una artista de Córdoba, Argentina, y me imagino al periodista preparándose la entrevista mientras sonríe arqueando las cejas cuando se le ocurre esa pregunta. Defina arte. Qué tío. Voy en autobús hasta La Plaza de Mayo, desde donde camino hasta Puerto Madero y pruebo a tirar fotos a unas muchachas que patinan a ver si le saco juego al blanco y negro hasta que poco a poco se van alejando (si no huyendo).

No le encuentro a Buenos Aires tantos parecidos con Madrid (me habían advertido que eran muchos); uno en las calles que atraviesan los parques donde al anochecer enseñan muslo los travestis buscando romanticismo. Y que Corrientes me recuerda a la Gran Vía. Pero es Buenos Aires, acogedor a su manera. Podría ser un Madrid curtido, pulido en otro mundo. Una ciudad atractiva replegándose el vestido que crece mirándose en el espejo cóncavo de las capitales del viejo continente. Alejada a golpe de carácter y hormigón del más mínimo complejo de pueblo, cubierta por una alfombra encantadora que tapa con cuidado sus manías y enseña con orgullo las encías y sus calles empedradas. De haber destino en algún lado también aquí lo habría. Y no sé por qué calles camino ni en qué horario, pero aquí se cruza uno a cada ochenta metros con la mujer más hermosa del mundo. En Madrid solo me pasa cuando en Alberto Aguilera doblo hacia Guzmán el Bueno, pero allí ya cada cual tendrá sus calles y sus gustos.

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Por simpática

“Estoy feliz de saber que estás feliz”.

Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, Roy Andersson.

La otra noche hablábamos un amigo y yo con una amiga, explicándole a conciencia que si algún día nos viésemos obligados a dormir con ella (aún no sé en qué circunstancias), nos quitaríamos los pantalones vaqueros, por supuesto, también los zapatos, el cinturón, a poder ser los calzoncillos por cuestión de cortesía y hasta el último botón de la camisa. Pero no los calcetines, nunca los calcetines, y así nos aseguraríamos de que en esa cama se conservase hasta el último atisbo de decencia.

Vuelvo a Río de Janeiro. Voy con un amigo de Madrid al que tengo que ir a recoger al aeropuerto internacional media hora después de llegar yo. En Brasilia he comido una doble cheese burguer con patatas fritas y salsa de mostaza antes de embarcar, y ahora escribo esto sobre una copia impresa de una obra del dramaturgo brasileño Nelson Rodrigues, Toda nudez será castigada. La presento con tres compañeros la semana que viene y apenas he tenido tiempo de leer el principio. Escribo en la portada, y en la contra marco en grande Hugo para recibirle en la zona de llegadas.

He vuelto a ver algo de porno últimamente. Sospecho que sin demasiada intención, solo por cubrir rutina.

Ya veo Río desde la ventanilla. Entramos planeando entre el Cristo y el Pan de Azúcar al aeropuerto Saint Dumont colocado en pleno centro con la pista de aterrizaje flotando sobre la bahía.

El autobús avanza a trompicones por el paseo marítimo de Botafogo, cae la noche en la ciudad y todas las calles están atascadas. Se oye la sirena de un camión de bomberos, el rugir de las hélices de un helicóptero que sobrevuela a oscuras el cielo, la chapa metálica de una tienda que cierra chocando contra el suelo, el claxon de una moto que conduce un tipo de casco negro al que el ámbar de un semáforo pilla distraído.

Nos bajamos al final de la Avda. Atlántica, toda la playa de Copacabana está iluminada. Cenamos un plato de carne de costillas con patatas fritas y queso fundido bañado en salsa barbacoa. Bebemos seis cervezas y dormimos en el hostal que se encuentra en la falda de una montaña atravesada por el túnel de la calle Pompeia. En la cima una favela, a la derecha Ipanema, delante el mar haciendo un ruido tan sutil y delicado cuando choca con la orilla que así cualquiera se duerme sin pestañear si quiera.

Desayunamos un batido de leche con fresas y azúcar. El autobús 433 nos lleva a Lapa, a las escaleras que dio vida a golpe de teselas Jorge Selarón, a los arcos por los que antiguamente cruzaba el tranvía amarillo que sube a Santa Teresa. Otro autobús nos lleva hasta la cima del barrio de artistas y un cartel indica todo recto el camino al Cristo Redentor. Seguimos caminando y con el hombro rozando la selva llegamos a un mirador donde nos tiramos a esperar que alguna nube nos envuelva. Al Cristo subiremos dos días más tarde.

Hace no mucho dejaba Luis Landero una frase en uno de sus artículos en El País que decía: “En cuestión de ideas, soy nómada”. Es lo más parecido que he leído últimamente a una definición de Ideología.

A unos metros del Cristo Redentor cientos de personas se tiran selfies como locas haciendo gestos con gancho. De noche, a pie de acera en la ciudad, si uno mira para el cielo desde abajo lo ve siempre iluminado, haciendo frente a la luna. Pienso que si a mí me hubiesen hablado de dios y al sacar la cabeza por la ventana buscando una aclaración hubiese topado con esa figura en lo alto abriendo los brazos en cruz, qué ostias, sospecho que hasta le hubiera tirado un par de rezos como quien no quiere la cosa. Por si acaso. En Madrid, si miraba para arriba por ver si aclaraba algo, lo más que uno se encontraba era la bombilla parpadeante de una farola haciendo esquina, y a mí, un muchacho con los calcetines cubriendo las pantorrillas, se me antojaba aquello de una divinidad más bien confusa. Lo malo de lo divino es que a uno le cuesta encontrar sus ventajas tangibles (y no tangibles, así de paso). Y eso que de ciencia no sé mucho, pero como la frase de Woody Allen en Desmontando a Harry: “Entre el aire acondicionado y el papa prefiero el aire acondicionado”.

Comemos un muslo de pollo con arroz y frijoles en una terraza de Lapa, y una señora embarazada se acerca a nuestra mesa, me mira sonriente y mete la mano en mi plato para llevarse sin titubear medio muslo. Se frota la barriga haciéndome entender que va para el crío y sin más dilaciones se despide satisfecha. Aun así cuando termino con el plato me echo para atrás en la silla y me coloco un palillo de madera entre los dientes.

Al día siguiente el centro y Maracaná, y por la noche volvemos a Lapa. Bebemos caipiriñas en un puesto callejero que las vende por tres chelines, tomamos las justas para entrar tambaleándonos a un garito cuya cola una hora antes doblaba la esquina. Ahora pasamos al momento, y nada más hacerlo empieza a sonar una canción de los Backstreet Boys. Cinco muchachos salen al escenario imitando al grupo de los 90 y se pegan un baile que hasta a nosotros se nos escapa algún gemido. En la terraza del garito conozco a una mujer que roza los 40. Hablo portugués con ella como si con lo bebido me hubiese inyectado dosis del idioma en vena. No muy agraciada, algo rellena, pero de una simpatía escandalosa. Tanto es así que (…)

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Sobredosis de belleza

“La suprema finalidad, señores, es no hacer nada en absoluto”.

Memorias del subsuelo, Dostoievski.

Para un jugador básico, amateur, de la vida, hay tres formas de morir: de espaldas, de frente, y como Antoñito el Camborio, que se murió de perfil. Por eso te preocupas tanto de andar siempre ofreciendo tu lado bueno, en pose de por si acaso. Como si en cualquier momento pudiesen salir de la nada dos tipos con gabardina y sombrero y sorprenderte comprando naranjas para acribillarte a tiros. Y así que no te pille de imprevisto, rendirte al suelo en un gesto matemático cayendo con la suavidad de un cisne, desangrado, y terminar acurrucado con una mejilla en el asfalto dejando para los flashes tu mejor lado.

Porque hay quien se acicala hasta para despedirse. Ya no queda quien te agarre del hombro agonizante y te susurre: “Te corto las pelotas como vengas a mi entierro”. ¿Dónde está el romanticismo?  La gente ya no muere en plan discreto, casi nunca lo hizo, en silencio, como ocultando a los demás su plan secreto. Resulta todo tan masticado, con esa parafernalia casi folclórica de como si hubiera que demostrarle nada al muerto, confiando en que se espabile unos segundos para ver las flores y se le sonrojen las mejillas pálidas al dar las gracias por tanta belleza antes de salir de nuevo. A no hacer nada. A quién le importan las flores si no se va a morir en una peli de los Coen.

Pero, en fin, siempre dejamos muy poco margen a lo espontáneo. Por ejemplo, ya apenas quedan desmayos. Eso sí se ha ido perdiendo con los años, y es una lástima. Una de esas cosas simples que le alegran a uno el día, como para Iñaki Uriarte tomar el sol: “Otro acto mínimo que casi no es ni acto, de los que a mí me gustan”. Mi abuela me contó un día que, no recuerdo si ella o su hermana, de joven, se desmayaba un par de veces al día, como quien se cepilla los dientes, a la mínima, en un gesto sencillo desplomándose con firmeza y elegancia ante el asombro del resto.

Desmayarse debería ser algo más sincero, una respuesta contundente, un inciso en un momento eléctrico que dijese en forma de cuerpo desplomado lo mucho que te importa lo que poyas te estén contando. Mi hermano pequeño está grabando un disco con su grupo, tres amigos hechos al eco de los Rolling con sus chaquetas de Beatles, pose de Jimmy Stark y el papel de John Margaro. El otro día grababan uno de sus temas estrella, y en un segundo de concentración en el que la belleza del momento se enredaba con la lírica de la canción, el cantante, sujetándose los pelos por una cinta en la cabeza y con un cigarro en cada oreja, se desmayó cayendo estrepitosamente al suelo, superado por la situación.

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